Imagen: Tom King, Mister Miracle. ED Comics

Hace décadas la expresión medios audiovisuales quedó relegada a un segundo plano gracias a la implantación de los estudios universitarios de comunicación audiovisual. Este cambio pretendía poner el acento no tanto en la tecnología utilizada, sino en las características intrínsecas de un tipo de comunicación específica que se vale de códigos tanto visuales como sonoros. En definitiva, se quería huir de posiciones fascinadas ante la tecnología, consumos excesivamente integrados, utilizando la dicotomía a la que aludía el intelectual italiano Umberto Eco.

Se buscaba perseguir el fetichismo, es decir, la veneración exagerada del desarrollo tecnológico, en aras de una reflexión acerca de las posibilidades del emergente lenguaje audiovisual como cimiento imprescindible en la construcción de una ciudadanía democrática.

No obstante, las posiciones fetichistas hacia la tecnología siguen siendo las predominantes en la actualidad: colas de consumidores entusiastas para adquirir nuevos modelos de sus dispositivos favoritos, la importancia adjudicada a poseer equipos tecnológicos de última generación en las aulas de las instituciones educativas, la celebración de la tecnología como mediadora ante los estragos causados por la pandemia internacional del coronavirus COVID-19 y un largo etcétera.

Las bondades de la tecnología son numerosas, e incluso sirven sin lugar a duda a la causa medioambiental y otras preocupaciones sociales de interés – recordemos las manifestaciones adheridas al Fridays for Future, entre otros escenarios destacados donde la tecnología ha desempeñado un papel importante de mediación y compromiso ciudadano. Empero, se reiteran las denuncias por parte de distintos académicos, procedentes tanto de las ciencias sociales como experimentales, que defienden la necesidad de implementar consumos mediáticos informados. Como consecuencia, cuestionan los marcos de competencia digital nacionales e internacionales, fundamentales por su papel capital en la concepción de políticas educativas, al difundir concepciones excesivamente instrumentalistas en detrimento de posturas críticas.

La cuestión material de las TIC en estos marcos es prueba del ostracismo al cual queda relegado el impacto medioambiental de los dispositivos en la enseñanza en materia de comunicación: el área sobre el impacto material de las TIC es aquella a cuya formación menos recursos se dirigen, pese a su creciente importancia en una sociedad profundamente digitalizada.

Es muy probable que este papel desmedido de las TIC en el proceso de enseñanza-aprendizaje guarde una estrecha vinculación con la tendencia a la mercantilización de la educación, donde el alumnado se convierte en compradores de servicios, favoreciendo y naturalizando la inclusión en las aulas de los gigantes tecnológicos.

En cierto sentido, se encuentra en el núcleo de esta problemática una consideración sobre las diferencias presentes entre la sociedad de la información y la sociedad del conocimiento, dos términos que se utilizan con cierta algarabía y que remiten a nuevas definiciones de la brecha digital en el siglo XXI características de sociedades enriquecidas.

El concepto de sociedad del conocimiento es un ideal a conseguir, implica ser capaz de utilizar la panoplia de dispositivos TIC para enriquecer la mente, para transformar la información en conocimiento, para crecer personalmente y fortalecer ámbitos tan esenciales como la democracia y la ciudadanía. La sociedad del conocimiento es pues, una oportunidad y no una realidad asentada. Oportunidad a cuya realización debe ir dirigida la educación.

El término sociedad de la información es un concepto que remite a la sociedad del espectáculo, al cúmulo de ítems de información que son recibidos de forma pasiva y donde la relación del espectador con los medios de información es aquella de sumisión, asentimiento y de no reflexión, apropiación o modificación de la información recibida.

Y precisamente en este punto estriba la becha digital del siglo XXI, que en países enriquecidos se aparta parcialmente de la desigualdad en la posesión de dispositivos y se vincula especialmente con la hondonada que separa a aquellos que realizan un consumo y producción de contenidos mediáticos liberalizador, empoderante, y aquellos otros que se rigen por la espectacularización de las informaciones vertidas por los oligopolios mediáticos, todavía dominadores pese al espejismo que sugiere la supuesta diversificación de contenidos y la creación de nichos en la red.

Ante lo expuesto volvemos a lanzar la pregunta que titula este artículo: ¿son las TIC un instrumento que reivindicar o un fetiche que denunciar?

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