Yuval Noah Harari, autor de diferentes bestsellers como Sapiens o Nexus y uno de los pensadores más lúcidos de nuestro tiempo, situaba a la inteligencia artificial como uno de los grandes desafíos de nuestra era. Sin duda son muchas las oportunidades que nos está ofreciendo, pero también muchos los riesgos a medida que se va extendiendo su uso en toda la población y con ello va transformando poco a poco nuestras vidas. Entre sus riesgos menos conocidos está su enorme impacto medioambiental, fundamentalmente en consumo de energía -con sus consecuentes emisiones de gases de efecto invernadero- y agua, pero también de materiales críticos para su desarrollo y de generación de un mayor volumen de residuos tóxicos. En definitiva, una evolución exponencial en el impacto medioambiental del ciclo de vida que ya tenían las tecnologías digitales (y que hemos estudiado ampliamente en este blog).
Compartimos en este post dos estudios que se aproximan de una manera sistemática a este impacto:
El primero es un informe del Öko-Institut para Greenpeace que realiza una radiografía del desarrollo actual de la inteligencia artificial y sus impactos medioambientales, analizando también el papel de las grandes tecnológicas y sus compromisos mediambientales. El informe recoge una serie de recomendaciones para limitar tales impactos.
El segundo es un artículo realizado por los autores de este blog donde realizamos una revisión sistemática del impacto de la inteligencia artificial, contrastando los estudios que analizan los efectos positivos de la IA para el medioambiente («AI for sustainability») con la propia sostenibilidad de la AI («Sustainability of AI”), enfrentando los desarrollos más contaminantes («Red AI») con aquellas alternativas más sostenibles («Green AI»). Las cifras son abrumadoras: entre 2023 y 2027 el consumo mundial de energía por parte de la IA se podría multiplicar por 10. Y para enfrentar tal demanda, como señalan ambos informes, los centros de datos empezarán a alimentarse de energía nuclear.
Una de las investigaciones recogidas en esta revisión, que analizó el despliegue de la IA y su impacto medioambiental en 56 países a lo largo de una década (2013-2023), confirmó el alto impacto que conlleva el desarrollo de la IA tanto en incremento de emisiones de CO2e como en degradación ambiental en conjunto, especialmente en contextos sin políticas ambientales sólidas. Y es que las regulaciones ambientales estrictas -recogen ambos informes- serían la única esperanza para encaminar y contrarrestar los efectos negativos del desarrollo de la IA, que deberían ser globales al ser también globales sus efectos (especialmente sufriéndolos aquellos países que menos se benefician de sus avances).